CUENTOCORTO
Ese día salí de mi casita con puerta verde, paredes verde olvido y cuadros con cabezas cortadas. Abrí la puerta de metal que daba a la calle y caminé por la villa extensión. cinco cuadras después de doblar repetidas veces en muchas esquinas con punta redonda, llegué a una vereda de casas gigantes y puertas pequeñas, por donde solo pasaría alguien del tamaño de un Oompa Loompa. Casas como castillos. Entré arrastrando a una de ellas. Conocí a sus dueños, unos extraños gnomos que apilaban dulces de navidad y bolitas de vidrio. Me saludaron calurosamente, como si me conocieran de toda una vida. Aquellos gnomos que habitaban esta casa gigante, corrieron todos en fila, me quedé sola sin saber lo que ocurría. Gritaban ardorosamente a su supuesto jefe, decían que había llegado el invitado esperado por tanto tiempo. Alguien de proporciones distintas a ellos. El miedo se apoderó de mí al ver la cara de su jefe; era el hombre de las nieves, gigante en comparación con el diminuto tamaño de sus subordinados. Pero tan solo tres metros mas grande que yo. Comenzó a hablar sobre el invitado esperado. Mi cara cambió al saber que aquel personaje del que tanto me hablaban era precisamente yo. La supuesta manager de los gnomos que ahí laboraban. Hablaba con voz amenazante, aterradora, grave y muy fuerte. Varias veces intenté explicarle que yo solo llegué ahí por mera coincidencia, pero el seguía insistiendo en que sin mí esos pequeños seres no podrían servirle. Miré a los gnomos y pude ver el temor en sus ojos, aquellos ojos con forma de pepa de limón. Permitiéndome hacer al menos una maldad aquel día. Suplanté a aquel hombre tan nombrado. Le dije que me llevaría a mis gnomos de vuelta a casa. Él, enfurecido, comenzó a lanzar gruñidos fuertes. Haciéndole una señal a todos los pequeños, salí corriendo de aquel lugar aterrante, pero a la vez tan dulce.
Decidida a conocer otras villas de mi ciudad crucé la calle, sin percatarme de que los gnomos me seguían, todos en hilera, uno tras otro, con una sonrisa de oreja a oreja. Feliz de haberlos liberado de ese horrible destino. Seguí caminando por la vereda contraria de aquella casa de villa tentaciónes hasta que después de un rato noté algo raro en el camino que había avanzado y que continuaba adelante. Las casas no tenían puertas comunes, éstas eran círculos enormes, como un gran ojo que giraba. Curiosa de lo que habría en su interior, entré seguida de todos mis pequeños amigos. Era una casa extraña, no se notaba nada raro,a demás del hecho de que en aquella casa no habían muebles. Pensé que ya nadie vivía ahí, pero me equivoqué. Después de unos minutos vi una multitud bailando animosamente con una expresión de felicidad total. Todos vestidos de color verde fluorescente. Cada persona tenía un racimo de uvas particularmente raras, eran gigantes, como del porte de una pelota de tenis. Cuando notaron nuestra presencia: todos se acercaron, me miraban raro, como si fuera algo tan fuera de lo común. Hablaban un idioma raro, algo llamado túrenshap, dónde las palabras se mezclaban con risas. Pregunté por los muebles, pero todos se largaron a reír. Yo sin entender los miré perpleja, hasta que un joven me explicó que en esa casa solo se bailaba y s comían uvas plateadas sacadas de un arbusto. Me invitaron a vivir y a bailar, pero preferí salir de ahí y seguir mi rumbo no sin antes llevarme de ahí un racimo de aquellas uvas.
Doblé en la siguiente esquina y vi que todas las casas eran cuadradas, ventanas cuadradas al igual que las puertas. imaginé que adentro todo sería distinto. Me inmiscuí una vez mas para conocer. Fue sorprendente ver ese lugar, solo habían cajas de colores con letras también de colores. En estas cajas encontré lo que siempre había querido en esas cajas estaban todos los sueños que alguien como yo puede tener. Esta vez no quería conocer a nadie, tomé una caja de sueños y salí corriendo y llegué a la siguiente esquina, miré el letrero para ver dónde me encontraba, esta vez la villa se llamaba ilusiones. Cansada pero con la felicidad de haber tenido estas experiencias. Fui a la última casa, esta ves era una casa alejada de la ciudad, era solamente una casa normal de color rojo. Me abrió un hombrecito. Pensé que golpear había sido un error, pero mi curiosidad me llevó a mirar adentro. Como el exterior todo era rojo o, casi todo, el suelo era de dulce, de bastones de dulce, dispuestos de manera única. El hombre amable me hizo pasar, me habló sobre el; vivía solo y su pequeña casa no tenía más que una habitación. La villa donde el vivía se llamaba última estación. Después de conversar un largo rato me despidió y me dio muchos bastones que le pasé a mis gnomos junto con todo lo que había recolectado para que lo llevaran durante el trayecto.
Caminé raudamente a mi casa con la idea de llegar luego, ya que se hacía tarde y el cielo comenzaba a ponerse negro. Cuando por fin llegué pensé que hacer con todo lo que había recolectado. Tenía mis gnomos, uvas color plata, una caja de sueños y anhelos sin olvidar mis bastones de dulce. ¿Qué se podía hacer con todo esto?
Cuando eran las doce de la noche y cuando por mi cabeza no pasaban ideas sobre que hacer con lo que tenía, me dormí. Cuando desperté al otro día, uno de los pequeños indicaba la ventana. Miré hacia afuera y vi lo que nunca había visto en un lugar como éste. Todo estaba blanco, cubierto de nieve. Salí a jugar con toda la recolección del día anterior. Puse todo sobre la nieve, se veía maravilloso. El árbol verde con uvas plateadas colgando de él. La caja con sueños abajo. Todos los gnomos felices al rededor. Los bastones de dulce clavados en la nieve.
¿Saben lo que inventé ese día? La navidad.
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